La sombra del maltrato cruza el Atlántico

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Belén, víctima de violencia machista, y sus hijos se asoman al balcón de su casa, en julio.

Las mujeres migrantes que huyen de la violencia machista con sus hijos a cuestas pagan un precio mayor que el resto al intentar regularizar su situación administrativa: volver a depender del hombre de cuyos golpes escaparon. Es lo que le pasó a Belén, una brasileña de Goiás que llevaba un año y siete meses en España sin saber nada de su maltratador, de su marido, del hombre del que huyó después de que, según cuenta, incendiara su casa con dos de sus hijos dentro e intentara acuchillarla. Tras casi tres décadas de violencia y con una orden de alejamiento en la mano, cruzó el Atlántico junto a los niños, de 12 y 15 años, convencida de que así estarían a salvo. Pero cuando quiso regularizar a los menores descubrió que no podía hacerlo sola: la burocracia española exigía la autorización de su agresor para conseguir los papeles.

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Nazaret pasea por un parque cerca de su casa.Belén señala en su casa los documentos presentados para la regularización extraordinaria.