Decapitados sin intérprete. ¿Todos son iguales?
Quizá no han leído un maravilloso cuento de Jack London. Se llama El chinago y está incluido en su libro Los mares del Sur. Por favor, si no lo han hecho, léanlo. Yo lo pondría como lectura obligatoria en la primera clase de Derecho. Transcurre en el marco de la emigración china en Polinesia. Los franceses llevan a Ah Cho a la guillotina. El juez le ha declarado culpable de un homicidio sucedido en el campo de trabajo. Él no comprende nada, no entiende a esos hombres blancos. Él no es el autor. Es inocente. Cuando el gendarme que le conduce le enseña la orden de ejecución, ve que hay un error en la transcripción del nombre del realmente condenado. Desesperado, y como puede, le explica al gendarme que él no es Ah Chow, sino Ah Cho. Ve que el juez se ha equivocado al escribir su nombre en lugar del efectivamente condenado Ah Chow. La orden de ejecución está equivocada. El juez ha escrito mal el nombre del culpable.
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